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  • 27 Junio, 2019
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Mereces lo que sueñas

Un aula cualquiera de un colegio cualquiera. Último año de la secundaria. Un grupo de adolescentes inundados de hormonas, de sueños y de expectativas comparten risas cómplices. Un exigente profesor de matemáticas ingresa al aula, anunciando el clásico y temido: “Saquen una hoja”. Los alumnos temerosos se tranquilizan al escuchar: “Esta prueba es diferente. Quiero que escriban en esa hoja dónde se imaginan dentro de diez años. Tómense el tiempo que necesiten para pensarlo”. 

Una adolescente de 17 años, pensativa, mira su pollera gris, sus zapatos náuticos, sus medias blancas, y anhela el momento de dejar ese uniforme para conquistar su sueño de vivir de lo que ama: las Ciencias Naturales. Se apura a escribir: “Me veo viajando y conociendo a otras personas que aman la vida tanto como yo”. Pero ella no se imaginó en ese momento que el camino hacia sus sueños no sería tan directo (¿Alguna vez acaso lo es?). La noticia de un embarazo no esperado (más si deseado, muy deseado) justo antes de ingresar a la Universidad le haría replantearse sus metas. Y sin dudarlo mucho más, se inscribió en la carrera de Ciencias Biológicas de la UNT, sabiendo en el fondo que lo más difícil no sería la carrera en sí misma, sino aprender a ignorar los prejuicios de los demás. Cuando escuchó un ¡Qué lástima! de parte de una docente al enterarse del embarazo, ella supo interiormente que estaría sola y que todo dependería de su propia voluntad y esfuerzo. Pasaron cinco años, cuando al sostener la bandera argentina en un acto de la Universidad, ella recordaría sonriendo las palabras de esa docente y las miradas acusadoras de algunos incrédulos que aún hoy piensan que la realización personal de una mujer sólo merece pasar por el plano familiar. Recordaría también a su padre que un año antes había dejado este plano físico, fruto de un accidente, también inesperado. Porque la vida es un poco eso, un conjunto de accidentes inesperados que súbitamente ponen a prueba nuestra integridad, nuestras creencias, nuestros objetivos. 

Fue así como esta adolescente que era, para ese entonces, una mujer decidió ir por más, dando un nuevo paso hacia el lugar que había imaginado desde ese banco de secundaria. Decidió seguir aprendiendo porque, después de todo, somos eternos aprendices. Ella se inscribió entonces para cursar sus estudios de Doctorado, motivada por el deseo permanente de ser un ejemplo para su hijo, así como por el deseo mismo de aprender. Pasaron cinco años más de estudio, de lectura, de capacitación, de cursos y congresos, pero haciendo esta vez simultáneamente lo que le apasiona: Investigar. Generar conocimiento y ponerlo a disposición, plantearse preguntas, resolver problemas, superar desafíos y, sobretodo, mantener la humildad para seguir aprendiendo de cada persona a lo largo del camino. 

Durante el Doctorado uno sigue aprendiendo la diferencia entre expectativas y realidad al momento de fijar objetivos; la distancia entre uno y sus objetivos nunca es lineal ni es constante, sino que se parece más a un camino minado con diferentes situaciones personales, profesionales y económicas enterradas en ubicaciones desconocidas. Y en un país donde la generalidad son los gobiernos que no tienen a la ciencia como prioridad en su agenda política, ese camino puede tornarse aún más sinuoso. Por todo esto, cuando uno llega al final del camino con su Tesis en mano lista para ser entregada como quien le regala un hijo a la vida, uno entiende que dentro de esas hojas hay sentimientos y aprendizajes encapsulados que van mucho más allá de los conocimientos en Ciencias Naturales. Uno tuvo que aprender a forjar su carácter, a superar adversidades, a relacionarse con distintas personas, a separar cuando es necesario lo personal de lo profesional, sin perder la humanidad, a elegir, a renunciar a otras posibilidades, a aprender a estar muchas veces lejos de la familia, a distribuir los tiempos entre la vida profesional y la personal intentando mantener un equilibrio (siempre difícil de alcanzar), a pedir ayuda y a apoyarse en los seres queridos (fundamentales en esos momentos en los que uno está tentado a abandonar), a deconstruirse permanentemente, a desandar caminos y romper estructuras, a mirar las situaciones desde distintos puntos de vista, a tener miedo y, a pesar del miedo, seguir, seguir siempre hacia adelante porque, citando a Teresa Parodi, nuestro andar es como el del río… sin regreso. “Sé que no sabes volver, que no puedes volver, como yo que no vuelvo”. Por eso sólo nos resta ser valientes para que esos niños/adolescentes que fuimos se sientan orgullosos de los adultos que llegamos a ser, para atrevernos a ser lo que esos niños se animaron a soñar.

 

Lucila Amador